De Córdoba a Madrid (y vuelta) 1 al 6

Prólogo


¿Y si la ansiedad pudiera servir para algo? Algo productivo, como escribir. De eso se trata, ¿no? De inventar historias que, a veces, jamás suceden. Qué mejor que usarla para volcar todo lo que uno piensa, vomitarlo y armar la historia más fantásticamente "ansiedística" posible.

Voy a contar mi historia, probablemente la más importante de mi vida. No pienso omitir detalles de lo que mi mente iba inventando. Desde el momento en que lo conocí, decidí no darle rienda suelta a mis pensamientos para que no destruyeran este vínculo... aunque, no voy a mentirles, alguna vez sucumbí.

Cualquier persona que conviva con la ansiedad sabe lo creativos que podemos volvernos. Creativos para el mal, claro. De un minúsculo punto inventamos una tragedia que ni el propio protagonista imaginó. Adelantamos cada pensamiento o acción ajena para "estar seguros" en un futuro que, estadísticamente, solo ocurre el 9% de las veces.

Él me diría que no tengo que dudar. Pero yo creo que lo mejor del mundo es que, aún con dudas, siempre lo elegí. Elegí cuidarlo y cuidarnos.

Esta historia se llama "De Córdoba a Madrid (y vuelta)". No es solo una referencia geográfica; es el nombre de nuestra primera playlist compartida en Spotify. Fue nuestro primer refugio común, el lugar donde nuestras canciones se encontraban cuando nosotros todavía no podíamos. Era el sonido de un puente que se estaba construyendo sobre el océano, un ida y vuelta de ritmos que nos mantenía cerca mientras el mundo seguía girando a destiempo.

¿Cuál es el principio? El tiempo no es lineal. Hubo veces en que sentí que esto ni siquiera era real; que el mundo, la realidad y la distancia nos comerían vivos. La ansiedad no ayudó. Tuve que callarla para no lastimarlo con mis miedos: "¿Cuándo vas a venir?", "¿Por qué no sacás el pasaje?", "No tenés nada concreto". No era consciente de que mis ganas de aferrarme a algo sólido para no sentirme estúpida ("confiás en alguien que nunca viste", me decía mi mente) lo estaban hiriendo a él.

Tuve que aprender a domar a la fiera. Lo hice por amor. No iba a dejar que mi mente destruyera algo tan hermoso. Aprendí a domarme para que el miedo no me impidiera volver a amar.


Ahí estaba yo, en medio del aeropuerto, esperando que las puertas de arribos se abrieran. El corazón me latía a mil. Las piernas me temblaban como si hubiera cargado un peso insoportable durante años y estuvieran a punto de fallar.

Eran las 11:30 de un sábado de abril. Afuera el sol brillaba, pero el aire fresco del otoño cordobés hacía que el clima fuera ideal. En mis audífonos sonaba “End of Beginning” de DJO, aunque yo ya no oía nada. Estaba abstraída.

De pronto, las puertas se abrieron. Empezaron a aparecer personas de un vuelo de Buenos Aires, aunque en esta historia, Buenos Aires es solo una escala. Él venía de Madrid. Sentí que las piernas se me aflojaban, pero la adrenalina me mantuvo enfocada, escaneando caras, descartando rostros segundo a segundo...

Hasta que lo vi. Y él me vio a mí.


Capítulo 1: El Algoritmo de lo Imposible


Mi mundo, en ese entonces, medía lo que medían las cuatro paredes de mi cuarto. La ansiedad tiene esa forma silenciosa de convencerte de que el afuera es un lugar horrible, un escenario de catástrofes inminentes que es mejor evitar. Yo era una experta en construir refugios, y rutas seguras. No quería que nada se me saliera de control, porque eso me produciría una inestabilidad incompresible. Por eso, mis verdaderos viajes eran digitales.

Así fue como llegué a ella. Una streamer del País Vasco que, sin saberlo, se convirtió en mi ventana al aire puro. Me quedaba horas frente a la pantalla mirándola caminar por las calles de Bilbao, o cuando hacía buen clima nos llevaba a pasear por las playas. Me fascinaba su libertad; esa forma de andar sin que el pecho le apretara, sin miedo. "Si ella puede, yo también", me repetía como un mantra. Ella fue mi primer puente hacia una tierra que ni siquiera sabía que me estaba esperando. Fue ella quien, con su energía inagotable, me dio el empujón invisible para empezar a sentirme segura conmigo.

Pero mientras yo intentaba recuperar mi seguridad, el destino estaba recalibrando mi GPS emocional.

Un día, casi por inercia o por ese aburrimiento inquieto que a veces nos da, abrí una app de citas, empecé a cruzarme con gente conocida que, claramente si hubiera querido salir con ellos les hubiera escrito directamente, borré la app, y salí de allí rápidamente. Descargué una de "citas mundiales", para pasar el tiempo. Y ya saben cómo es: deslizás nombres y rostros como quien pasa hojas de un catálogo que no piensa comprar. Pero el algoritmo hizo lo suyo. Yo quiero creer que quizás fue una falla cósmica a mi favor. En mi pantalla apareció un español. Pero no sería un español más dentro de mi listado de conversaciones iniciadas.

Y yo... yo estaba en Argentina. A miles de kilómetros, con un océano, un cambio de horario de 4 horas atrasada.

Él me dio like. Yo se lo devolví, más por curiosidad que por esperanza de algo real. No había proyecciones, no había planes de boda, ni siquiera la certeza de que pasaríamos del típico "Hola, ¿cómo estás?". Pero apenas cruzamos las primeras palabras, la "onda" fue un choque eléctrico. No era el cuestionario aburrido de siempre; era una conversación que fluía con una intensidad que me asustaba y me atraía al mismo tiempo. Yo que no soy de creer en las casualidades, cuando le comenté sobre la streamer que seguía, y la ciudad que me hacía ver y visitar cada día... Él me dijo "Yo soy del país vasco". Coincidencia? No lo creo! Cada día que hablábamos, el lazo se apretaba un poco más, como si nos conociéramos de otra vida donde los kilómetros no existían.

Sin embargo, la ansiedad siempre necesita un "pero" para alimentarse. Y el nuestro era gigante: Japón.

Apenas empezamos a conectar, me enteré de que él tenía un pie fuera de España. Había pedido una visa para irse a vivir a otro país  durante un año. El trámite estaba en marcha, el sueño de su vida estaba encaminado hacía allí. En enero, todo lo que estábamos construyendo podía diluirse en un aeropuerto hacia el lado opuesto del mundo.

- Tengo que estar seguro de que eres el amor de mi vida para rechazarlo - me dijo una noche, con una honestidad que me dejó sin aire.

Esa frase se convirtió en mi sombra. Por un lado, era lo más romántico que me habían dicho jamás; por otro, era una presión insoportable para mi mente ansiosa. ¿Cómo podía yo competir contra Japón? ¿Cómo podía ser "el amor de su vida" a través de una pantalla de celular? No tenía posibilidades contra Japón. Aún así no me di por vencida

Vivía en una contradicción constante: quería hablar con él cada segundo, pero cada mensaje me recordaba que el tiempo se agotaba. Estaba enamorándome de alguien que estaba a punto de desaparecer, y mi mente, experta en finales trágicos, ya estaba escribiendo el guion de nuestra despedida antes de habernos dado el primer beso.


Capítulo 2: Rayas, Radiohead y el imán escorpiano


Hay personas que tienen una energía que atraviesa la pantalla y te sacude la estantería. Galder es así. Con ese Ascendente en Escorpio y su Luna en el mismo signo, no es alguien que pase desapercibido. Tiene una mirada penetrante, de esas que parecen leerte el alma antes de que abras la boca, y un estilo que mezcla lo rebelde con lo auténtico: tatuajes, piercings, el pelo siempre con personalidad y esa forma de vestirse que dice mucho sin esforzarse. Es perfecto.

Pero detrás de esa armadura de chico de gimnasio que viste de negro y parece inalcanzable, asomaba su Sol en Cáncer. Y ahí es donde me terminó de derretir completamente. Es uno de los hombres más tiernos que conocí, junto con mi papá. Sabía muy bien que conocer esa parte de él, era algo especial, no era algo que le mostrara a cualquiera.

El hito que cambió todo fue el recital de Radiohead. Imagínalo a él, en Madrid, en medio de esa energía previa a ver a una banda tan emocional. En lugar de hacerse el interesante, me hizo parte de su vida. Me mandó un mensaje que era pura vulnerabilidad disfrazada de moda: tenía que elegir entre una sudadera o un jersey para el show. Él probablemente no lo sepa, pero fue lo que me conquistó. 

Me mandó la foto de ambos para que eligiera. Yo, desde Córdoba, elegí el jersey rayado rojo y naranja con el diseño pixelado. Me encantó cómo le quedaba; tenía ese aire retro que contrastaba con su intensidad. Él no dio vueltas: se lo compró y se lo puso. Verlo en la foto con "mi" elección fue como marcar territorio a miles de kilómetros. Cada día que se lo veía puesto automáticamente me recordaba a ése momento, y sentía una conexión. 

Después vino la primera videollamada. Algo que necesitaba ver con urgencia era verlo sonreír. Porque no había foto de él ni esbozando media sonrisa! 

Si por chat ya era magnético, en videollamada fue otra historia. Verlo en movimiento, escuchar su acento español, y notar cómo esa mirada escorpiana se suavizaba cuando me veía a mí... fue el fin de mis defensas. Pero definitivamente me terminé de entregar por completo cuando lo vi sonreír. Es hermoso

 Recuerdo especialmente cuando se ponía los lentes de marco negro; le daban un aire intelectual y sexy que me dejaba sin palabras. Él los odia, a mí me encanta como le quedan. Y nunca olvidaré la foto que me mandó con los lentes apoyado en su mano, mirando la cámara, esperando que dijera algo. "Estás re lindoo" le  decía mientras él me decía que le quedaban mal. 

Empezamos a habitar el mismo espacio digital. Pasábamos horas viendo películas, series, jugando videojuegos, o simplemente haciendo llamadas de 4hs hasta que él no daba más del sueño y se iba a dormir. Recuerdo las llamadas desde las 18hs hasta las 22hs (Para él, eran las 2 de la mañana... y trabajaba al otro día)

Él ya no era "el vasco de la app". Era el hombre que me saludaba todos los días sin falta "Buenos días  amooor", el que me hacía sentir segura en medio de mi propio caos, y el que estaba empezando a considerar que Japón, después de todo, no era un destino tan interesante como lo era mi sonrisa.


Capítulo 3: El diccionario del amor (y otras formas de colapsar)


Hay días que marcan un antes y un después, no por un gran evento, sino por una palabra que se escapa antes de tiempo.

Había pasado todo el día en el campo con mis amigas. Galder estuvo ahí, en mi bolsillo, a través de audios de pájaros, fotos del sol y mensajes que acortaban los diez mil kilómetros. Cuando volví a casa, agotada pero con el corazón lleno, nos escribimos para despedirnos. Yo le puse un "Te quiero mucho, mucho", ese cariño que ya no me cabía en el pecho.

Y entonces, él soltó la bomba:

"Yo también te amo mucho corazón, eres la mejor 🥺".

Me quedé helada. En Argentina, un "te amo" es una propuesta de matrimonio, un contrato de exclusividad, el nombre de tu primer hijo y el título de propiedad de tu vida. Es LA palabra.

- ¿Cómo que te amo? -le puse, con el corazón en la garganta.

- Te amo, te quiero... es lo mismo - respondió él con una calma que me dio ganas de infartarme—. Aquí son sinónimos.

Empezamos una discusión desopilante sobre semántica. Yo le explicaba que acá el "te amo" es para parejas estables, algo glorificado, casi sagrado. Él, con su practicidad española y su escasez de sinónimos románticos, no entendía nada: "Sois muy raros con el idioma", me decía.

En medio de mi pánico y sus risas, me vi a mí misma confesándole que en mi mente ya me había casado con él y que hasta usaba su apellido: María Belén Pico de Fonseca. Él se quedó en shock (descubriendo mi nombre completo de paso), pero no huyó. Al contrario, cuando le pregunté cuántos hijos quería, me contestó con un "2" sin dudarlo.

Ahí estaba: mi ansiedad gritando "esto es un montón", y él, desde Madrid, diciéndome "Respira".

Dìas después, hablé con mi tía. Estaba confundida, aterrada de sentir tanto en tan poco tiempo. Ella, con la sabiduría que dan los años, y luego de escucharme decir "ay, los amo" a unos niños que aparecían en la televisión; me dijo algo que me cambió el chip: "Si decís que amás a cualquier cosa que ves en la tele, ¿por qué no vas a poder amarlo a él si es lo que sentís? Qué importa si se conocen hace un mes. Es lo que sienten y está bien".

Me convenció. Si Galder, con su intensidad de Escorpio y su ternura de Cáncer, había decidido que "amar" y "querer" eran lo mismo, yo iba a aprender ese nuevo idioma. Decidí dejar de luchar contra la velocidad de lo que nos pasaba. Me rendí completamente ante éste amor.

Ese día aprendí que no importa qué diga el diccionario: si se siente como un "te amo", entonces es un "te amo".

...Meses después, cuando la confianza ya era un terreno sólido donde podíamos caminar descalzos, nos volvimos a reír de esa charla. Él finalmente confesó, entre risas y un poco de vergüenza, que en España no son exactamente sinónimos. El "Te amo" sigue siendo esa palabra de peso pesado que se guarda para lo más profundo.

Lo que él no sabía en ese momento, mientras intentaba disimular su "metida de pata" lingüística, era que yo ya lo había investigado. Mi mente ansiosa (y curiosa) ya había googleado las diferencias de uso en la Real Academia Española y tenido 20 conversaciones con la IA. Sabía perfectamente que me estaba tirando un camión encima.

Pero no dije nada. Lo dejé creer que me había tragado su "excusa cultural" porque a pesar de todo, me moría de ternura. No quería que se sintiera expuesto, quería cuidar ese brote de amor tan puro que acababa de soltar. Lo amé todavía más por ese intento desesperado de camuflar su entrega. Porque al final, no importaba el diccionario: lo que importaba era que ese vasco intenso se había olvidado de Japón, de las distancias y de las reglas, solo para decirme que yo era su lugar en el mundo.


Capítulo 4: El pacto y la sombra de un escenario

Llegó un punto en el que el "estamos hablando" nos quedó chico. La intensidad de las videollamadas y el "te amo" (aunque fuera con la excusa del diccionario español) nos obligaron a sentarnos (virtualmente) a definir qué éramos.

Galder fue quien preguntó primero en qué situación estábamos.
- Si te lo preguntas, yo no estoy viendo a otras personas, ni me interesa. Sólo quiero estar con vos - le dije
- Yo también - me dijo
- Tarde o temprano alguno de los dos se va a tener que mudar, entonces -
- Yo sólo me iría a un país donde esté igual o mejor que aquí -
Eso era claramente un mensaje de "No voy a ir a Argentina", y está bien, no esperaba que lo hiciera.

No podíamos ser un holograma para siempre. En ese momento, la idea principal era que yo fuera para allá. Madrid parecía el destino lógico, pero para mi mente, migrar era una palabra que pesaba toneladas. Migrar a España "legalmente" es muy laberíntico y burocrático. Mi única opción viable era pagar miles de euros para una admisión en una academia, universidad o lo que fuera, con tal que me dieran el papel que me habilitaría una visa y la posibilidad de trabajar (al menos medio día)

Buscando una salida, me aferré a lo que más amo: el teatro. Empecé a investigar visas de estudiante para irme a estudiar actuación a España. No era solo una excusa migratoria; era algo que me conectaba directamente con mi raíz.

Mi mamá se había mudado de Córdoba a Buenos Aires con ese mismo sueño bajo el brazo. Ella quería ser actriz, quería las tablas, pero la vida (y una partida demasiado temprana a los 53 años) no le permitió cumplirlo. Sentía que irme a España a hacer teatro era, de alguna manera, terminar el viaje que ella empezó. Era una mezcla de ilusión y un miedo atroz: el miedo a fallar, el miedo a dejar mi país y el miedo a sentirme sola a miles de kilómetros de casa.

Galder estaba ahí, escuchando mis dudas, mis planes de visas y mis miedos. Él, con su sol en Cáncer, se convirtió en mi refugio mientras yo intentaba armar una valija que todavía no existía. Acordamos que éramos pareja, que éramos exclusivos. Ya no había otras personas, no había más "likes" para nadie más. Éramos él en Madrid y yo en Córdoba, sosteniendo un vínculo que ya era más real que cualquier cosa que tuviéramos cerca físicamente.


Capítulo 5: 2026 y la grieta en el cristal


El 2026 empezó con una promesa susurrada a través de una pantalla. Galder estaba de fiesta en el País Vasco, rodeado de sus amigos, en ese ambiente de bar que para un vasco es sagrado. Pero se escapó. Se Salió a la calle a las 4 am, con un frío increíble en pleno invierno español.

- 2026 será nuestro año - me dijo, y yo lo creí con cada fibra de mi cuerpo.

Pero la realidad tiene una forma cruel de pasar factura. En diciembre, en uno de esos picos donde la ansiedad te nubla el juicio, yo había intentado cortar. Sentía que todo se dilataba, que el tiempo jugaba en mi contra. Y aunque lo "arreglamos" rápido, la herida quedó ahí, supurando en silencio.

Llegó el 4 de enero. La magia de las fiestas se había evaporado y yo necesitaba cierto control sobre la situación: una fecha. Un pasaje. Algo que me dijera que "este es nuestro año" no era solo un eslogan de Año Nuevo.

- Ya estamos en enero y todavía no tengo claro cuándo pensás sacar los pasajes - le solté, apenas él pisó Madrid.

Ahí explotó todo. Galder, que suele ser mi ancla, esta vez me mostró su propia tormenta. Me confesó que ese intento de corte de diciembre le había roto la brújula. "Tengo miedo de ir y que un día, de repente, por cometer un error, ya lo quieras dejar", me dijo.

Fue una charla dolorosa, de esas donde las capturas de pantalla se vuelven espejos. Él dudaba de si la relación funcionaría a la larga, no porque no me amara, sino porque sentía que tenía que ser "perfecto" para que yo no lo abandonara. Mi exigencia de certezas chocaba contra su necesidad de seguridad emocional.

- ¿Por qué sostenés una relación de la que tenés dudas? - le pregunté, herida.

- Porque te amo. De eso estoy seguro - respondió.

Esa frase fue el clavo que sostuvo todo cuando el mundo parecía desmoronarse. Él estaba aterrado. Yo estaba aterrada. Él veía una amenaza en mi impulsividad; yo veía una amenaza en su demora. Estábamos en ese punto crítico donde las relaciones a distancia se rompen o se vuelven de acero.

Lo que yo no terminaba de ver en ese momento de furia era que Galder no estaba "postergando" por falta de interés, sino porque estaba moviendo piezas gigantescas para que, cuando viniera, no fuera solo una visita, sino el inicio de algo definitivo. Pero antes de eso, teníamos que aprender a confiar el uno en el otro, no a pesar de nuestros errores, sino con ellos a cuestas.

A pesar de todos los choques que tuvimos, el amor no paraba de colarse entre las grietas que iban quedando. No había forma, no había ansiedad, no había miedo; no había nada que pudiera contra él.

Definitivamente, nuestro amor era escorpiano. Intenso, de esos que te transforman o te queman, pero que no te dejan igual. Por eso, sin dudarlo, elegimos el 23 de noviembre como nuestra fecha de aniversario. Fue el día en que él sucumbió ante su propio lenguaje y me soltó aquel "te amo" que intentó camuflar como un modismo español.

Y si somos sinceros, no había otra fecha posible. Los vascos, con esa mezcla de reserva y lealtad inquebrantable, tienen mucho de Escorpio: parecen de piedra hasta que te abren la puerta de su mundo, y una vez que estás adentro, es para siempre. Celebrar nuestro amor bajo ese signo es aceptar que lo nuestro no es algo ligero; es un pacto de profundidad, de esos que sobreviven a las tormentas de enero y a los océanos de por medio.


Capítulo 6: El mapa que se dobla a nuestro favor


Había una conversación que venía madurando en el aire. Él vivía en un piso compartido en Madrid y, aunque ya habíamos hablado del tema de la vivienda meses atrás, el peso de la realidad se hacía sentir. Galder ya venía con la idea fija de emigrar; era un deseo que latía en él incluso antes de que nuestras vidas se cruzaran. Pero en sus planes, solía hablar en primera persona.

- No entiendo, amor - le frené un día - . ¿En qué parte entro yo? ¿Me estás diciendo esto para que decidamos juntos qué hacer?
- Sí, Belén, claro - me respondió, como si estuviera esperando que yo terminara de abrir esa puerta.
Ahí fue cuando el mapa se dio vuelta.
- Venite a Córdoba entonces. Sabés que acá tengo mi casa propia y podemos vivir juntos. Nunca lo propuse porque pensé que no querrías venir a Argentina por eso mismo.

Su respuesta fue un "sí" rotundo. Era lo mejor para los dos. A partir de ese momento, su intensidad escorpiana se puso al servicio de nuestro "nosotros". Buscó dar un salto profesional y entró a una multinacional con sedes en todo el mundo, sabiendo que esa era nuestra llave. Con una audacia que me dejó helada, en la misma entrevista preguntó cuánto demoraba un traslado a Argentina. Le dijeron que un mes o mes y medio.

Entró. Hizo la capacitación de dos semanas y, con la tinta del contrato todavía fresca, se plantó en Recursos Humanos para pedir el traslado. Se la jugó entera: a riesgo de que lo echaran por pedir algo así siendo el "nuevo", él puso nuestra historia por encima de cualquier manual de oficina. El 18 de febrero el pedido fue oficial, con una promesa grabada a fuego: "Si no me lo aprueban o lo demoran meses, renuncio y voy igual sin trabajo".

La primera semana de marzo (esa que soñábamos como la de nuestro encuentro, en sus vacaciones) trajo las primeras señales del destino. Lo contactaron de Accenture Buenos Aires. El viernes le pidieron el CV actualizado y el miércoles pasado tuvo la entrevista técnica. Le fue bien. Muy bien.

Lo que no sabíamos es que el destino tiene un sentido del humor maravilloso (y muy preciso). Esa misma multinacional no solo tiene sede en Buenos Aires, sino que tiene oficinas en Córdoba... a solo cinco cuadras de mi casa.

Hoy es domingo 15 de marzo de 2026. Estamos en ese limbo eléctrico donde el teléfono puede sonar en cualquier momento con la confirmación de la entrevista técnica que tuvo el miércoles pasado.
Miro por la ventana de mi casa, cada vez que escucho un avión sobrevolar por acá pienso "algún día va a ser su avión" y siento que mi ansiedad, esa que me hacía querer controlar cada segundo del futuro, finalmente se rindió ante la evidencia: no hacía falta que yo hiciera todo el esfuerzo de migrar, porque el amor estaba moviendo montañas (y empresas) para traérmelo a la puerta de casa.

Me doy cuenta de que este libro no es solo la historia de cómo nos conocimos en una app. Es la historia de cómo dos personas de mundos opuestos decidieron ser un equipo, de cómo un "te amo" mal traducido se convirtió en una verdad absoluta, y de cómo aprendí que confiar es, a veces, simplemente sentarse a esperar que el otro llegue.

Estamos a un paso. El 2026 está cumpliendo su promesa. Galder está viniendo, y esta vez, ya no hay ninguna pantalla de por medio.


Epílogo: El oro en medio de la multitud


Anoche, sábado 14 de marzo, mientras terminaba de darle forma a estas páginas, Galder me preguntó qué escribía.
- Sobre nosotros - le dije.

Lo que siguió fue una de esas charlas que te desarman. Él, con su honestidad brutal, me dijo que a veces se pone a pensar cómo es posible que yo sea su novia: "Eres tan increíble, y el mundo es tan estúpido que te he encontrado soltera... es como si en medio de una multitud hubiese un montón de oro y la gente no lo viese".

Me quedé muda. Mi "vasco escorpiano" estaba comparándome con el tesoro más preciado. Yo le respondí que no es que él tuviera suerte, sino que es un hombre tan increíble que tiene la capacidad de atraer a alguien igual de maravilloso. Le dije que él es el único que tiene la puerta abierta de mi vida, como si nuestro amor fuera el martillo de Thor: solo el que es digno puede levantarlo.
- Siento que me tocó la lotería de la vida - me soltó él, y yo solo podía pensar en las ganas que tengo de abrazarlo y no soltarlo.

Charlar así me recordó que lo que tenemos no es suerte; es cuidado. Es la capacidad de hablar, de resolver y de volver a conectar después de cada tormenta. Hoy es domingo. Todavía no sabemos qué dirá la multinacional sobre su traslado, pero mientras cierro este escrito, me doy cuenta de que la respuesta técnica ya no me quita el sueño. Porque él ya decidió venir, y yo ya decidí esperarlo.

Además siento (y supe decírselo en más de una oportunidad) que soy feliz con el simple hecho de haberlo conocido. Él me ayudó, me motivó y me inspiró; no solo a ser mejor persona por él y porque lo amo, sino también a ser mi mejor versión. Realmente lo admiro.

Porque el oro ya lo encontramos, y el viaje de Córdoba a Madrid (y vuelta) está a solo un abrazo de completarse.

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